El primer rugido en España
Hace un año le hice una entrevista a Javier Cercas. Acababa de publicar su libro El loco de Dios en el fin del mundo. La obra es conocida; nació de una invitación del Vaticano a que un escritor ateo como Cercas viajara con el Papa, entonces Francisco, a Mongolia. Cercas aceptó la invitación, sobre todo porque, aunque no era creyente, quería saber si era verdad lo que decía su madre: que, una vez que muriera, se iba a encontrar con su padre, ya que la resurrección no era ni un cuento ni un mito. Cercas, en esta entrevista, criticó la comunicación de la Iglesia porque, en los viajes de los papas, al final, lo que trasciende es su posición sobre la guerra o cuestiones políticas, y no aquello que tiene que ver con el anuncio de la resurrección de Cristo y de la fe. A la resurrección, Javier Cercas la llama el «verdadero rock and roll» de la Iglesia. No he hablado con Cercas de los dos primeros días de León XIV en Madrid, pero me parece que, si algo ha habido, ha sido lo que él llama «rock and roll».
A los jóvenes les señaló en la primera vigilia la fuente de la libertad frente a la muerte: «Los discípulos de Jesús son siempre contemporáneos, pero nunca prisioneros del tiempo que pasa. ¡Somos libres en Cristo! (…) Sabemos que no nos espera la muerte. Al contrario, el sentido de la historia culmina en la eterna comunión de vida que Dios prepara para todos». Invitación, luego, en la misa del Corpus: «para abrirse al encuentro con Él, dejemos que hidrate las sequedades de nuestro corazón, para salir después a los caminos de la vida y de la historia y llevar entre la gente esta corriente de agua fresca».
Madrid sorprendió en las primeras 24 horas de la visita de León XIV. Las multitudes de cientos de miles congregadas en calles y plazas —seguramente en ninguna otra ciudad de Europa podría suceder algo así— lo han escuchado atentas, han rezado con él, secundando su estilo sobrio y esencial.
León XIV hace cuatro años no se movía por calles llenas de personas que aclamaban su nombre; no llevaba sotana blanca. Ha vivido muchos cambios en poco tiempo: ha cambiado de nombre, ha cambiado el mulo por el papamóvil, pero hay al menos dos cosas que siguen en el mismo sitio en el que estaban cuando andaba por las sierras del Perú: su pasión por Cristo y su atención a las heridas, a la sed, a las oscuridades del pueblo. A los jóvenes les confesó que «los años vividos en Perú, como misionero y luego como obispo» le marcaron porque «el encuentro con las heridas y también con las alegrías del pueblo me hizo crecer en el camino del seguimiento de Jesús. Mientras lo anunciaba, también yo era transformado por el Evangelio». El pueblo ahora es el mundo entero.
A los jóvenes les habló de heridas; en su primer discurso se refirió a la oscuridad de una época, «una oscuridad de la razón y de las emociones». Y quiso que su primer acto fuera en un centro de Cáritas donde acogen a personas que, de las lesiones que provoca la vida, lo saben casi todo.
León XIV ha señalado en Madrid que el camino de la Iglesia es ese corazón herido y sediento del hombre del siglo XXI: «la Iglesia está al servicio del corazón humano, no de forma impositiva, sino con el testimonio evangélico». A los jóvenes les insistió: «¡Sed humanos! Hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables. Personas que buscan la justicia porque tienen hambre de ella, como del pan de cada día. Sed humanos como lo es Cristo, el hombre perfecto, el Resucitado que comparte con nosotros la historia en todo tiempo».
Con el permiso de Cercas, hay que señalar que en su primer rugido manso en España, León XIV también habló de política, de política con mayúscula. La fe tiene un vínculo muy antiguo con el pueblo español, pero «no agota la multiforme identidad de vuestro pueblo». La nación necesita una reconciliación y una cooperación más profundas entre las distintas fuerzas que la componen. León XIV propuso una cultura del «encuentro, que genera estabilidad y prosperidad», «abandonar las narrativas divisivas y polarizantes de vuestra realidad social y de su historia». Y buscó, como referente histórico, la España anterior a la expulsión de los judíos y los musulmanes, la España en la que las tres culturas dialogaban. Por si alguien pensaba en una nación de un solo color.
¿Quién es el sujeto de esta cultura del encuentro? León XIV es consciente de que no basta con predicar buenos valores para que se encarnen. «Se necesitan, también en la vida pública, hombres y mujeres que intuyan, en la oscuridad, la luz», apuntó.
Desde España, el Papa ha lanzado un mensaje a toda Europa. Frente a quienes piensan que el Viejo Continente ya no tiene nada que aportar ni en el mundo ni en la Iglesia, porque el futuro está en el sur global, en América Latina, en Asia y en África, León XIV señaló cuál puede ser su contribución: «pasar de las simplificaciones estériles a la apreciación fecunda de la complejidad. Veo aquí una vocación específica de Europa (…) Es el regalo que el Viejo Continente puede hacer al mundo (…). Apreciar la complejidad y estudiarla, aprender a no negarla y a vivirla como una bendición, huir de esos enfoques identitarios que parecen aclararlo todo, pero que pueblan el mundo de fantasmas y enemigos». ¿Hacía así autocrítica de lo que su país, Estados Unidos, ha generado en los últimos tiempos?
Este Papa, que hace cuatro años andaba a lomo de mula por las sierras del Perú, comprende bien el alma de los españoles del siglo XXI, el alma de los europeos. Pide una Iglesia al servicio del corazón humano, sin imposiciones, identificable por su testimonio.

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